Calpe es un municipio de la costa alicantina conocido sobre todo por sus playas. Largas playas de arena y roca, de aguas cristalinas. Un paisaje idílico si no fuera porque en verano cuesta hacerse un hueco entre tantas sombrillas y toallas.

En el casco antiguo, puedes contemplar restos de la muralla que protegió a Calpe de los ataques musulmanes y el Torreó de la Peça que en su día contuvo una pieza de artillería, y que  en la actualidad alberga el Museo del Coleccionismo. No olvides visitar la Iglesia Antigua, de estilo ojival y mudéjar, levantada en el S. XV. sobre una antigua capilla de la conquista cristiana.

El Forat de la Mar, brecha abierta en la muralla cuando cesó la amenaza pirata, el arrabal, la Ermita de San Salvador, y la vista panorámica del conjunto arquitectónico del arquitecto Ricardo Bofill de finales del S.XX son otros enclaves que no puedes perderte.

El antiguo Ayuntamiento, convertido hoy en Sala de Exposiciones, se erige junto al solar ocupado por el histórico portal, antiguo acceso al reciento amurallado, conocido popularmente como El Portalet.

Contempla los hallazgos de la Edad del Bronce y época ibérica en el Museo de Historia de Calp y conoce mejor la civilización romana en el yacimiento de los Baños de la Reina, uno de los conjuntos arqueológicos en su categoría más importantes de toda la Hispania Romana. La Pobla medieval de Ifach, debido a su importancia y riqueza, tiene también una representación especial dentro del museo.

Sin embargo, si lo que buscas es tranquilidad y un poco de privacidad, Calpe también esconde calas alejadas de la masificación. Pequeños oasis de quietud en mitad del apogeo turístico. Pero como todo en esta vida, lo bueno se hace de rogar, por lo que no esperes encontrar aparcamiento a pie de playa. En éstas hay que currárselo un poco para llegar. Una vez allí solo te queda disfrutar de las aguas transparentes, del sonido de las olas y de un paisaje espectacular.

El Parque Natural del Peñón de Ifach guarda muchos secretos. Cuna de diversos poblados y escenario de múltiples ataques por mar, actualmente es uno de los símbolos innegables de la Costa Blanca. Sus 332 metros de altura acunan kilómetros de litoral con una riqueza de fondos marinos que lo convierten en el lugar favorito para los buceadores. Las embarcaciones de recreo surcan los mares y fondean suaves en las tranquilas aguas protegidas por este gigante de roca.

Uno de los secretos mejor guardados es la cala del Penyal, una pequeña apertura natural en las faldas del Peñón de Ifach. El camino que desciende a la cala se encuentra a las puertas del parque natural pero, a pesar de la señalización, es un poco complejo encontrar la abrupta bajada. Lo impresionante, sin lugar a dudas, es el paisaje. Ver la roca gigante que sale del mar, cobijarse bajo su sombra y contemplar el vuelo de las cientos de gaviotas que habitan este paraje protegido.

Es un lugar idóneo para bucear codo con codo con los cormoranes, otra de las aves habituales. No dispone de vigilancia, es naturista y puedes ir tranquilo con tu mascota. Como no hay chiringuitos o restaurantes cerca, lo mejor es que lleves contigo un pequeño pícnic y te dejes llevar por el disfrute del entorno.

Muchos de los turistas que visitan Calpe durante el verano se quedan en sus playas y en los menús de los hoteles o de los restaurantes que inundan la zona del puerto pesquero y los paseos marítimos de la playa Arenal Bol y la Fossa. Pero una vez más, se pierde la esencia marinera de este pueblo de pescadores. Así que si quieres disfrutar de la autenticidad de Calpe, piérdete por las callejuelas del casco viejo al atardecer.

Para llegar hasta el pueblo puedes ir por el paseo marítimo de la playa Arenal Bol, que enlaza el puerto con el pueblo. Desde la cala del Morelló hasta el Molí del mismo nombre se encuentra la zona arqueológica bautizada como Los Baños de la Reina. A ambos lados del paseo puedes ver las ruinas y excavaciones que han sacado a la luz los restos de civilizaciones anteriores.

El camino que desciende a la cala del Peñón de Ifach, en Calpe, se encuentra a las puertas del parque natural.

Cuenta la leyenda que los Baños de la Reina eran unas antiguas piscinas en las que se bañaba la reina mora, provistas de túneles que conducían a su palacio. Sin embargo, la realidad es que Calpe, ya en tiempos romanos, fue uno de los enclaves más privilegiados del Mediterráneo. Parte de su actividad comercial fue la pesca y la sal, que propiciaron un asentamiento urbano, cuyas ruinas podemos ahora contemplar.

Concretamente, se cree que estas cavidades bañadas por el mar son los restos romanos de un vivero de pescado, aunque no está del todo descartado que pudiera haber sido un jardín acuático. Sea cual fuere su verdadera función, actualmente es uno de los puntos más enigmáticos de la costa y la foto es casi obligatoria.

El paseo desemboca en la parte baja del pueblo, pero las sorpresas aguardan en la parte alta. Una calle muy, pero que muy, empinada, Gabriel Miró, nos llevará hasta el casco histórico. Desde la plaza de los Marineros seguiremos con la subida, esta vez ya mucho menos pronunciada. La calle Puchalt con sus típicas escalinatas pintadas con los colores de la bandera de España nos da casi la bienvenida y nos da paso a una sucesión de callejas estrechas, de pequeñas casas y coloridas fachadas, con escaleras y maceteros con los que vecinos y ayuntamiento decoran el espacio.

Una de las cosas que nos llamará la atención al visitar el centro histórico de Calpe serán los restos de muralla que se pueden apreciar en la parte más alta, donde se erige la iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Nieves y la preciosa iglesia antigua, de principios del siglo XV. Y es que, debido a los constantes ataques de musulmanes primero y de piratas después, Calpe fue en sus orígenes una villa amurallada. Uno de estos símbolos que recuerdan el pasado de fortificación de la ciudadela y el arrabal calpinos es el Torreó de la Peça.

Si seguimos el paseo por sus exultantes calles, iluminadas, y con sus bares repletos de gente de todas partes del mundo, nos encontraremos con el Forat de la Mar, otro de los restos de la muralla. Fue una de las aperturas que hicieron los habitantes de Calpe y que se convirtió en zona de reunión para los pescadores antes de hacerse a la mar, ya que desde este punto se avistaba y, según su estado los patronos, decidían salir o no a faenar.

No solo de playas vive Calpe. Además de las calas de agua clara cuenta con otro atractivo. Se trata de sus Salinas, más de 40 hectáreas de laguna en la que conviven diversas especies de aves, entre las que destaca por su singularidad, el flamenco. En las Salinas los flamencos se han quedado a vivir.

Su origen es remoto, aunque se asocia al negocio de la sal que acompañaba a la actividad pesquera de este pueblo. Actualmente es un humedal, con un pequeño paseo de madera que lo recorre y un mirador desde el que avistar las distintas especies de aves que aquí conviven

Pero desde aquí también podemos distinguir Las Salinas, las distintas playas, el Peñón de Ifach en todo su esplendor y la también superpoblada Moraira. Y un intenso mar azul. Un bonito lugar donde ver atardecer sobre la pequeña California del sur de Europa.